viernes, 20 de febrero de 2015

Verborrea

Compartieron la penumbra del Salón Barroco de la BUAP. Escucharon cientos de voces hablando simultáneamente; idiomas y acentos construyendo un mapamundi. Sin embargo, algo parecido a un desaliento, un peso en el diafragma, disminuyó las suyas. Quizá hoy lo llamen sentimiento de inferioridad, pero en ese momento se descubrieron sobrepasados por las circunstancias, padeciendo esa sensación de no encajar, de no merecer ocupar ese sitio entre más de doscientos estudiantes de intercambio. Los tres guatemaltecos habrían de identificarse en el desconcierto, viviéndolo cada uno a su manera. Parecía que todos fluían, se relacionaban, hablaban entre sí, retratándose, extendiendo banderas y vestidos, mientras ellos derivaban, buscando una respuesta que no habría de llegar. No comprendían por qué se sentían empequeñecidos a la par de los demás, por qué intimidados ante los colombianos que eran una multitud bailando, ante los argentinos dueños de su espacio, ante los europeos con ese extraño aire de asombro y seguridad que debieron haber traído los conquistadores. La claridad se hallaba tan accesible; bastaba abrir el folleto que el instituto de turismo les había dado para la ocasión, leer en negrilla: Guatemala, país plurilingüe y pluricultural. Se convencieron que es un hecho, mas no se reconocieron en él. Porque algo podrido latía en el papel, un rumor de sirena persiguiéndolos. Y quizá ahí en ese vértice los tres guatemaltecos habrán sentido la verborrea, la náusea de miles de imágenes heredadas y asumidas a lo largo de 21 años de vida: una mujer tiñéndole el pelo de rubio a su hija; la burla escolar por haber ganado el papel de Tecún Umán; la sirvienta de Uspantan; “este país progresa sólo si desaparecen los indios”; la mujer indígena pidiendo dinero en los semáforos, la contemplación impune debajo de la falda de la criada; el orgullo por los apellidos españoles; el insulto ‘indio’ para todo aquel necio e imprudente; la búsqueda por el ancestro italiano o alemán; el indígena marginado, analfabeto y hambriento; “es un indio blanco”; el indígena siendo subastado en la publicidad de turismo; “los indios no deberían tener derecho a entrar al centro comercial”. Luego tal vez habrán corrido para verse ante un espejo; reconociéndose por fin en sus facciones mestizas, aceptando la vitalidad de cada uno de sus ancestros. Sólo ellos sabrán si cesaron de cometer el acto absurdo de discriminarse a sí mismos, contradiciéndose, anulándose; devorándose a sí mismos como las arañas del desierto. 

lunes, 16 de febrero de 2015

Tendedero

El sol de las tres de la tarde pega de lleno en la facha de las casas del boulevard. La luz se apropia minuciosamente de casi todos los espacios. Un anticipo del desierto. Apenas la sombra delgada de un poste del alumbrado municipal. Guarecida en ella un anciano sentado sobre un banco de plástico. Sobrevuelan su cabeza la ropa que su hija habrá colgado. El tendedero en plena vía pública: los uniformes de los niños, las camisas del esposo, los pantalones del padre. Asiste a cómo los transeúntes levantan la vista maravillados ante los pájaros de tela, ante el calzón de la señora que aprendió en la pobreza a no tener vergüenza. Los calcetines inmaculados de seguro se están ahumando con el paso vehicular. El hombre siembra intriga con su mirada cansada, porque no entiendo sus motivos. Qué hace ahí sentado, qué suceso aguarda ante su expectativa, a quién espera reconocer a lo lejos, dibujándose paso a paso. Acaso alguien que prometió volver: un hijo migrante, una mujer que se esfumó. Nunca tendré el descaro de preguntarle sus propósitos; quizá ahí cuestione su vida misma, su expresión íntima. Hacerlo sería una injusticia. Prefiero especular que se entretiene observando el transcurrir de los carros, el barullo de las motocicletas, los chiflidos que acompañan a las camionetas, el tipo que lleva el saco de cemento acuestas, el otro que arrastra un hierro hacia la ferretería, la madre que le agarra las manos a sus hijos para cruzar el boulevard, la mujer que anuda una bolsa de pan mientras la sombra del poste comienza a moverse obligándolo a correr la silla. Es la vida que pasa, parece no tomarlo en cuenta porque está casi estático, limitándose a seguir una proyección. Sabe, sé, que cuando se desentienda por fin de la sombra, encarando por fin al sol, será para atravesar este mismo boulevard, y tendrán que poner a alguien más a cuidar la ropa. 

domingo, 8 de febrero de 2015

¿Leyendas?

¿En cuál viaje psicotrópico habrá quedado confinado el Xocomil? ¿Cuál turista residente habrá sido el último en fotografiarlo? ¿Qué algarabía de discoteca habrá apagado el llanto ubicuo de la Llorona? ¿La letra repetitiva de cuál canción electrónica habrá aliviado su desamparo matricida? ¿Quién habrá ridiculizado la serenata agua de El Sombrerón? ¿Qué mujer se habrá sentido ridícula, fuera de moda, con su trenza de amor? ¿Qué auto furibundo habrá asustado a su yegua maldita, interrumpido el rumor metálico de sus espuelas de plata? ¿Cuál cadera cadenciosa de mujer extranjera le habrá resultado imposible emular a la Siguanaba? ¿Quién habrá sido el primero en rechazar su seducción? ¿Cuándo fue la última noche que embarrancó a alguien? ¿En cuál cuadro del arco antigüeño habrá retornado la balsa de la Tatuana? ¿Qué desconcierto la habrá invadido al dejar de ser perseguida? ¿A dónde habrán ido los último devotos que le tenían fe a su pócima de amor? ¿Qué fascinación de turista habrá aplaudido la estridencia de la Carroza de la muerte en us carrera sobre las calles empedradas? ¿Cuál gringo conocedor habrá admirado la sangre de los caballos enceguecidos que tiran de ella? ¿Qué empresa habrá vuelto a los Penitentes de la Recolección una atracción turística? ¿Cuántas fotos de perfil en el extranjero tienen como escenario la ceremonia sacrílega? ¿Quién habrá sido el último en padecer un helor de muerte al contemplar el vuelo de la mariposa negra? ¿Qué entomólogo le habrá puesto un nombre científico, desarmándola de cualquier presagio? ¿Cuántos gringos borrachos habrán sido acompañados por el cadejo? ¿Los habrá resguardado de ellos mismos, de sus propias locuras? ¿Les habrá lamido la cara mientras yacían desfallecidos en alguna acera de la ciudad colonial? ¿Será sano no tener miedo, curarse cada uno de los espantos?