jueves, 23 de abril de 2015

Cambio de turno

Por cierta sonrisa fuera de lugar, intuyó que su compañero le cobraría caro ese turno que le cubrió un domingo por la mañana. Lo más común era que le pidiera devuelta el favor un sábado en la noche o un día festivo que cayera viernes. No obstante, el muy malparido se guardó la ocasión hasta la noche de año viejo. Era el peor día para ir a trabajar. Las fiestas acentuaban aún más el ambiente depresivo dentro y alrededor de los cubículos; todos los operadores pensaban en la familia celebrando en casa pese a su ausencia, en la cena especial que tendrían que recalentar miserablemente en microondas cuando regresaran. Cristina está resignada, necesita el dinero. Llega al turno sin ganas, como casi siempre. No es novedad en ella sentir que malgasta su vitalidad, que ese trabajo es una amnesia del cual apenas podrá salvar un par de memorias. Se postra ante el monitor asignado, instala los audífonos sobre sus orejas y cambia su estatus a ‘online’. Le amarga la posibilidad de que hoy llamen tipos ineptos, personas cuyo inglés resulta indescifrable. Aguarda pero la primera llamada no entra. Es inusual, levanta la vista por encima del cubículo y encuentra a sus compañeros también a la expectativa, intrigados. El coordinador tampoco tiene una explicación. Por la fecha debería ser previsible recibir miles de llamadas, miles de interlocutores solicitando servicio técnico, intentando desesperadamente comunicarse con gente en otros estados, a cientos de kilómetros. De cualquier modo, todos saben que es indistinto que no haya conexión, ellos están contratados por horario. Pide permiso para ir al sanitario. Usará cuatro de los diez minutos que les conceden para esparcimiento o necesidad. Orina, lava sus manos y de paso se echa agua en la cara. Nunca ha incurrido en el dramatismo de preguntarse: ¿será que podré aguantar un día más así? Se ha percatado que es sencillo resistir cuando se tienen responsabilidades, incluso cuando el panorama es desalentador. Regresa a su puesto, e inmediatamente después de declararse ‘online’ entra una llamada. Nota que los demás operadores están ociosos, cree que es una mala jugada del coordinador. Saluda cortésmente en un idioma que no es el suyo, pero que le ha ayudado a sobrevivir. Escucha un acento sureño, una voz elegante y antigua. La anciana no se decanta a describirle su problema telefónico, sino se interesa por el acento de Cristina. Quiere saber de dónde le hablan. Cristina le responde que desde Guatemala; la anciana calla un momento, titubea y pregunta si hay un desierto o una selva alrededor. En su mejor tono a modo, le explica que el país es tropical, pero que ella le habla desde una ciudad, ‘Guatemala city’ hace énfasis. La anciana parece renuente a creerle, e inquiere si hay electricidad y agua, si ve automóviles en la calle o carretas de caballo. ‘Esta vieja pisada ha de pensar que somos cavernícolas’, lo piensa pero no lo dice, acaso sí se atrevería borracha. Se acuerda que monitorean las llamadas, que la pueden reprender si se distrae en una charla casual, si no proporciona el servicio. Le solicita a la señora que describa su problema; si es con el aparato o con el plan contratado. Escucha una murmuración, una reconsideración de las cosas; imagina a la anciana midiendo sus palabras, acomodándose las gafas, tragando saliva. La estática se impone, resbala en el pabellón de sus orejas; el monitor reporta que se ha perdido la comunicación con el cliente. Fue una llamada extraña, que excedía sus obligaciones laborales; porque la anciana había buscado en ella una interacción, un contacto humano, un subterfugio contra la soledad. Cristina ve el reloj de su celular, y calcula que en algún huso horario de Estados Unidos recién se cumplieron las doce de la noche del primero de enero. 

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