miércoles, 10 de diciembre de 2014

Lluvia poblana

Por fin entiendo la furia de mi madre cuando caminaba descalzo por la casa, ensuciando los calcetines. La perdono por esos contundentes tirones de pelo que me dejaban con jaqueca, por la chancleta voladora que casi siempre erraba. No creo que lo hiciera a propósito, era sólo mala puntería. Por fin comprendo los anuncios de detergentes, la ama de casa que prefiere usar el producto menos irritante, porque el jabón fue inclemente cuando lavé la ropa a mano en Puebla. Tenía que pagar un precio por la independencia, por vivir alejado de la comodidad limitante de mi hogar. Se me resecaron las manos, fueron cubiertas por un polvo blanco, la caricia áspera, la ternura haciendo turno en cualquier sitio. Por fin hice mío el pánico que noté en mi madre, en mi abuela, siempre que había ropa tendida en la terraza y comenzaba a llover. Antes me hacía gracia el grito al cielo: ¡la ropa!, como si sus fibras vegetales comenzaran a vibrar hasta consumirse en combustión espontánea. Suspendían cualquier cosa que estuvieran haciendo, incluso el sorbo de café. En ninguna otra ocasión sentía a mi madre tan ágil y capaz como cuando subía las gradas hacia la terraza y regresaba con toda la ropa acuestas, con el alivio proporcional de haber salvado las prendas del fuego, de cualquier evento que las hiciera irrecuperables. Ahora entiendo. La lluvia poblana hizo que ahora me sienta empático con mi madre, que cuando llueva sea yo el primero en subir a zancadas las escaleras. Me mira conmovida, pero no sabe que allá padecía chaparrones que no me daban tiempo a rescatar las prendas, que a veces me sorprendía lejos y sabía que era inútil correr. ‘Ya fue, me tocará lavarla de nuevo’. Pero no era tan sencillo, porque mientras me resignaba alcancé a preguntarme varias veces: ¿qué putas estoy haciendo aquí?, ¿qué mierdas hago tan lejos de casa?

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