jueves, 12 de marzo de 2015

Desprendimiento uterino

Tengo dos memorias concretas sobre las ratas. Lo recuerdo ahora porque en la tarde creí ver una sombra diminuta escurriéndose hacia la sala. De nuevo la parálisis, el no saber qué hacer con el cuerpo ante el mamífero en fuga. La escena se ha repito demasiadas veces. Ha afectado el hecho de que nunca hemos tenido perro ni gato o, que en su momento, nuestra casa haya estado rodeada de terrenos baldíos. Sin embargo, hay eventos que prevalecen, que dejan marca.
La violencia de un grito llevando mi nombre, irrumpiendo en la noche. De inmediato pensé en delincuencia, en un hombre sombrío intentando abrir la puerta de atrás. Bajé las escaleras corriendo, dispuesto a hacerle frente a cualquier sombra, a la inseguridad del país incidiendo en nosotros. Encontré a mi madre desplomada sobre el suelo de la cocina, ambas manos sobre su entrepierna. Una voz abrupta dentro de mi mente: ‘mierda, se le desprendió el útero’. Con verdadera zozobra pregunté: “mamá, ¿se te desprendió el útero?”. Aún ahora no sé de dónde vino esa impresión, ese diagnóstico médico inmediato. Pero mi madre: “no seas bruto, hay una rata en el gabinete”. A partir de ahí el asco, las ganas de protegerme la entrepierna como en el fútbol, porque sabía que me tocaba desalojarla, acaso asesinarla con un escoba como lo hacía mi papá.

La familia convocada en la sala. Mi hermano descubrió que la rata había hecho nido debajo del sillón más grande. Mi padre elaboró un plan de ataque: asignó puestos estratégicos, repartió armas contundentes. Él mismo movió el sillón donde se hallaba el enemigo. Recuerdo a mi madre colocada bajo el umbral, en posición de ataque. El roedor corrió en dirección a mi papá, lo pateó, un zurdazo brillante como cuando era puntero izquierdo en el campo de Montserrat. El cuerpo describió una parábola, aterrizando en las piernas de mi madre; gritó asqueada, acaso otro desprendimiento uterino. La rata cayó aturdida, chillando. Mi papá lo remató con la escoba. Me impresionó su gesticulación mientras le quitaba la vida. Vi un semblante inmisericorde, un hombre que halló ridículas mis lágrimas, mis sollozos: “es sólo un ser vivo, papá”. Lloré por el ratoncito, pero sobre todo por el rostro transfigurado e inolvidable de mi padre.  

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